Las reglas del juego
La muerte nunca me encontrará. Qué inútil pérdida de tiempo, qué esfuerzo innecesario, vieja, más vieja que el nacer, sabe - se ha hecho experta - el oficio de poner fin, de concluir, aún lo que estaba inconcluso. Se ocupa a diario, en cada momento, con más constancia que el tiempo, en documentar nacimientos, en calcular vencimientos. Atenta tanto al cosmos como a los moluscos y las procariotas, las constelaciones, los humores y las gotas, todos quedan asentados en su detallado catálogo de fichas. Su biblioteca no se limita al mundo, ni al conjunto extenuante de todo lo que existe, también se ocupa de las posibilidades, los amores y los miedos, la grandeza, el regocijo y lo espeluznante. Qué oscuro, qué caótica quietud, qué vacío atroz, el universo en el que ella no existe, nada puede existir, ni siquiera ese universo. Fugaz como un rayo, con bisturí o hacha desafilada, omnisciente y minuciosa, comete algunos errores de los que nadie está exento. Saberse inmortal...