La primera cena
Al principio, son conexiones independientes, entre cada uno de los participantes y yo, a medida que avancemos, eso muta, y al final el grupo toma unicidad (o multiplicidad), dando lugar a un nuevo esquema, en el que ya no soy el centro de atención.
Conocedor de su oficio y del comportamiento de grupos, Mariano me adelantó con precisión quirúrgica cómo iban a suceder los eventos.
Si bien éramos los menos los que llegábamos sin conocer a nadie más, la dinámica fue la descripta.
El puntapié de gestación del grupo lo dio la primera cena, sin que recuerde cómo, más de la mitad de los participantes (ahora veo que Gus Caneda tuvo algo que ver en eso) terminamos en una procesión hacia Kika.
Cuando llegamos, encontramos a varios de los que tenían "programa compartido", con habitación twins o matrimonial, cada subgrupo de solo dos personas, desparramados, sin intensión todavía de ser parte de un grupo mayor.
Si la memoria no me falla, Gustavo, Willy, Fede, Gustavo, Diego, Gustavo, Christoph, Edith, Judith, Claudia, Ana, Ángel y Agustín (estos dos últimos vinieron con el malón, pero habían quedado solos, en una mesa aparte, por falta de lugar en la improvisada popular, situación que no pasó desapercibida para los empáticos, e inmediatamente fue resuelta con sillas y mesas flotando sobre la cabeza de otros comensales), hicimos de embrión del grupo que, un par de días después, ampliado a practicante todos los participantes, disfrutaría de hilarantes veladas, compartiría angustias, y celebraría el logro único de haber cruzado los Andes... en bicicleta.
A pesar del tablón, todavía no estábamos preparados para un "¿pedimos pizza para compartir?", y terminamos comiendo una variedad de platos que puso a prueba tanto la capacidad de la App con la que tomaban el pedido, como la paciencia y eficiencia del cocinero.
La vuelta se pareció más a la comanda que a la mesa, pequeños grupos dispersos, doblando en esquinas distintas, confluyendo en una breve y desopilante interacción con unos casi tan desconocidos personajes en la puerta del hotel, que fueron confundidos con los desconocidos con los que habíamos cenado.
Con Diego caminamos esa diez o quince cuadras entre Kika y el hotel, después, varios días, haríamos tramos si no juntos, en simultáneo, compartiendo comentarios sobre lo inmenso y fotogénico del paisaje, dándonos (más él a mí, que era el que lo necesitaba) aliento en los breves sobrepasos mutuos, a los que su heavy metal de fondo imponía una pizca de surrealismo; del silencio de la cordillera y el susurro del viento, a unos electricos y estridentes acordes, y devuelta al silencio.
Más allá del placer por pedalear, que nos hizo coincidir en un lugar tan remoto como inhóspito, compartimos otros intereses, una mezcla de cabeza estructurada, técnica, pero que también explora facetas plásticas y creativas, que pueden tener una estructura de base, pero necesitan salir de la ecuación lineal para destacarse.
Su ojo fotográfico, que cultivó hasta lo profesional, y ahora reserva para su hobby, es sublime; haber podido conocer su producción en simultáneo con su persona, agregó matices a una semana que había imaginado monocromática, y que ahora no logro encuadrar en la red estructurada y metódica de mis recuerdos.
Impensado que, un puñado de gente genial, cinco días y menos de trescientos kilómetros fueran capaces de hacerme replantear una convicción que llevo más de cincuenta años cultivando, quizás solo no estoy tan bien como acompañado, si la compañía es la correcta.
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