Las catitas alborotadoras

Chos Malal es un lugar extraño, en igual medida cerca y lejos de todo.

Está medio en la precordillera y medio en la estepa, los ríos que lo cruzan pasan fatigados de kilómetros polvorientos, con sus aguas, río arriba cristalinas, cargadas de sedimentos, desteñidas en un marrón caquis ordinario, dándole un aspecto de alud contenido en sus márgenes.



No conozco su historia, pero lo que hoy se ve permite imaginar un pasado remoto, antiguas tolderías ruinosas devenidas en puesto de avanzada para delimitación de la soberanía.

Antes de llegar me avisaron:

-Es la mitad de la ruta 40, hay un cartel, sacate una foto!

Como en los alrededores de cualquier ombligo, no hay nada que se destaque.

Después me fueron llegando otros datos

-Fue capital de la provincia

-Fue el último bastión realista, los hermanos Pincheira lograron conformar un ejército de más de 2000 hombres y dominaron la zona hasta...

Se corta el hilo del relato y veo en primera persona lo que queda, lo que soñaron que sería y lo que es.

Una terminal en la que es fácil imaginar diligencias, chasquidos de espuelas y algún que otro altercado resuelto a los tiros, en lugar de dársenas para ómnibus; un salón lleno de bancos antiguos, demasiado grande para el uso actual, demasiado chico para lo que quiso ser. 

También se puede ver que fue remodelada; tiene un par de cabinas de teléfonos públicos donde hace varios lustros dejaron de resonar los ecos de las confidencias dichas en susurro para ser escuchadas a gran distancia.

El puñado de manzana es un damero perfecto, sin diagonales, con grandes avenidas proyectadas, que solo lograron ser anchas, en las que en sus bulevares solo florecen el polvo y las piedras. 

El asfalto domina el trazado del ejido, hay que hacer más de 10 cuadras desde el centro geográfico para encontrar calles de tierra; en cambio las veredas tienen una personalidad mucho más ecléctica, desparejas, de hormigón, de tierra, embaldosadas, con escalones o rampas, angostas o exageradamente anchas, que en general pierden usuarios en una competencia desleal contra la calle pareja y vacía; casi todos prefieren caminar por la calle.

Sus construcciones se parecen más a las veredas que a las calles, se ven ranchos centenarios apoyados contra construcciones modernas, pero igual de precarias, conviviendo en la misma manzana con chalés paquetes de parques elegantes curados por denodados jardineros.

La oferta comercial es variada, propia de una ciudad mejor ubicada en el mapa, en los que uno se puede sorprender con una farmacia tan grande y surtida como cualquier de la calle Corrientes o una ferretería/bazar, polirrubro, que nunca fue pulpería, con una vidriera que invita tanto a llevar una escoba, un balde, una mezcladora de cemento o unas catitas exóticas.



Por supuesto que también tiene una moderna estación de servicio; no lo verifiqué, pero imagino que en la cuna de los dinosaurios licuados en espeso petróleo, el combustible debe ser gratis. 

Si lo fuera, eso no me hubiera sorprendido tanto (las catitas ya lo habrían superado) como la Patiserie Don Costa, con pedigrí chosmaleño y certificado Cordon Bleu, con una estética que impide la indiferencia, todos sabemos que las primeras sensaciones gustativas surgen en la córnea: un café (el último decente de los próximos diez días) y una croissant bastaron para decretar "algún día tengo que volver con más insulina".




Las catitas de Chos Malal eran muy estéticas, con su plumaje brillante, de colores tan vívidos como contrastantes, pero estaban enjauladas y silenciosas, dejando un sentimiento ambiguo.


Los loros y cotorras del pinar en el kilometro 45 o 50, antes del desvío del primer día -y que oficiaron de hinchada tumultuosa cual últimos trescientos metros del Tour de France- eran explosivos y ruidosas.

Si la estética permite imaginar el sabor, la voz permite imaginar la estética; estos loros parecían borrachos de taberna mugrienta, donde los vapores etílicos exhalados silenciosamente por los vasos y el sulfuro de hidrógeno evacuado sonoramente de los intestinos no hacen la menor interferencia con las carcajadas y disputas circundantes.

En el primer campamento, las catitas del convoy se comportaron más como las de Chos Malal.

Seguramente todos fuimos más recatados esa primera noche, en parte por la medición de niveles de energía de cada uno de los otros integrantes, pero seguramente mucho más por el cansancio externo y la abrupta bajada de adrenalina que había quedado abrasada y abrazada por el asfalto ardiente de la primera etapa.

Sin embargo, acá y allá, ya iban dejando indicios de su personalidad mixta, haciendo difícil decir si resultarían ser más parecidas a las enjauladas o a las silvestres.

En retrospectiva, creo que a lo largo de la aventura se fueron mimetizando; cerca de Chos Malal se parecían más a las enjauladas: de la jaula de la pileta, a la jaula de la cena rancho aparte, a la jaula de la habitación compartida. 

Pero a medida que nos alejabamos de esa influencia retraída, a medida que dejábamos kilómetros y kilómetros atrás, a medida que Chos Malal quedaba cada vez más lejos detrás de cada lomada subida y bajada, las catitas fueron mostrando su naturaleza, un mix, un licuado, un batido, una mezcla explosiva, un trago de cien sabores, con mecha corta para pasar de la reflexión y la contemplación a la carcajada estridente y contagiosa.

La inteligencia tiene mil caras y expresiones, pero el sentido del humor, la hilaridad de la sutileza, es el más sublime; poder reírse de todo, con todos y, como reflejo de sabiduría, saber reírse de uno mismo no encuentra competencia con el más sesudo, pero triste intelecto. 

Como catitas, esas dos hermanas quedaban en absoluto silencio al bajar el cierre de la carpa, después de haber sido un coro bardero de loros barranqueros durante la velada.

Me es imposible olvidar la geta abierta, una boca que parecía de maxilar dislocado del que brotaba un huracán de carcajadas; solo un sutil, pero inconfundible timbre más grave o agudo dejaba saber cuál de las dos había explotado.

Me es imposible no guardar el más profundo y fraterno sentimiento, mezcla de madres y hermanas a las que siento como viejas amigas que te cuidan, que te miran y te ven, quizás no te entienden (o sí), pero no te juzgan; son capaces de sentir, como solo las mujeres lo pueden hacer, conectando todo con todos y aceptando cabos sueltos que dejarían desquiciado a un cerebro lineal y particionado en cajitas. 

De la decepción angustiante a la felicidad exultante y el impulso de compartirlo en un abrazo eléctrico, del silencio al torbellino, del saber cuidar (¿no tenés las ruedas muy infladas? ¡ponete protector!) y cuidarse y saberse cuidadas y queridas.

Dos catitas que disfrutan la vida, que no pueden ocultar la emoción, como el momento en que él superó el desafío de prestarle atención a pesar de los muchos años juntos; como cuando, sentada lejos del grupo, parecía triste, pero solo estaba enamorada.

Dos catitas que descaradamente descubrieron al niño que se quiere ocultar, pero que siempre, ingenuo, se deja ver a los ojos de madres, hermanas y amigas perspicaces.

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