Sr. Juez - Un descargo innecesario
Honorable Sr. Juez, respetables miembros del jurado, señoras y señores presentes.
Me presento
ante ustedes no para cambiar su veredicto, pero en todo caso mostrar que la
afirmación tan contundente con la que se me condenó, mínimamente tiene matices.
Contrario a
mi naturaleza, en esta ocasión, intentaré ser breve.
La brevedad, la capacidad de condensar —esa habilidad que se tiene en forma innata o que, por el contrario, es muy difícil, sino imposible, de adquirir— es una cualidad capaz de dejar un corte magro a partir de una pieza de chuletón, o de hacer un corto de pocos minutos tan impactante y emotivo como las más de tres horas de "Lo que el viento se llevó", que nos sitúa en Tara, la plantación de algodón familiar, en los momentos previos al inicio de
la guerra de sece...
Ya ve, Sr.
Juez, que a pesar de mi esfuerzo me encuentro sumando palabras, tomando
caminos innecesariamente sinuosos que en mi imaginación resultan imprescindibles para que se comprenda cabalmente mi punto, pero que ni bien las
veo escritas se desdibujan como pompas de humo; no solo no suman sino que
hacen brumoso todo lo demás que escribo.
Pero yendo
al meollo de la cuestión, en primer lugar quiero hacer pie en una frase
irrefutable, de amplia difusión y aceptación, que es ni más ni menos que
"una imagen vale más de mil palabras".
No me he
tomado el trabajo de contarlas, ni a las imágenes ni a las palabras, pero es
más que evidente que al multiplicar por mil el extenso contenido de los
distintos medios por los que se han compartido las imágenes (que sean repetidas
o similares no las hace menos), y que a ese volumen de por si voluminosos, si se me
permite la redundancia, hay que sumarle los fotogramas de cada uno de los
videos también incrementados por mil...
Una
especificación técnica necesitas: cada video puede estar grabado en
entre 24 y 60fps, podemos suponer una configuración estándar de 30fps, es decir
que cada segundo equivale a treinta mil palabras; seguramente ya ve por dónde
va mi argumento, seguramente también ya pensó en una obra monumental como
Guerra y Paz...
Espero
reconozcas, en estos segundos de silencio, reforzado por el movimiento incómodo
de mis dedos y la expresión contrita de mi rostro, que por un momento estuve
tentado en dar detalles de semejante logro de la creatividad Tolstoiana, lo que
nuevamente se convierte en un tortuoso caracol o puerto de montaña, cuando me
comprometí a un ascenso directo y cómodo en teleférico, como por ejemplo el de
Aiguille du Midi que es capaz de trasladarnos... Veo en su rostro la incomodidad...
Regreso a mi escueta exposición.
Guerra y
Paz, dependiendo de la habilidad del traductor para ser más o menos breve,
requiere de un despliegue de más de 870 mil vocablos, y estoy seguro de que, mientras me perdía en un berenjenal disfrazado en camisa de once varas, usted
ya fue capaz de estimar que todo Guerra y Paz son menos de 30 segundos de un
video de 30fps
No tome
esto como una comparación cualitativa, sería una afrenta al sentido común, una
falta de respeto, un insulto a la inteligencia - aún la más limitada - decir que mis
escritos se parecen en algo, más allá de su extensión, a los de León.
Ya quisiera
poder tener el uno por ciento de la habilidad para armar rompecabezas con
palabras de la que demostró Tolstói, logrando que antes de terminar la última
página de cualquiera de sus novelas uno ya esté buscando la siguiente...
Tampoco lo tome como un consejo, de ninguna manera sugiero que Guerra y Paz sea el
primer paso en el camino de su descubrimiento (como no lo son Rayuela o Cien años de Soledad para Cortázar o García Márquez), probablemente tampoco sería al
primer ruso al que leería; Dostoyevski - no hay que dejarse engañar por la simpleza
o extravagancias de sus apellidos - es mucho mejor para un primer contacto; si,
ya sé que la lectura es muy personal, que no se pueden leer dos veces el mismo
libro como tampoco cruzar dos veces el mismo río... Veo que me alejo, pero no
quisiera dejar de decir que seguro no es Chéjov la elección razonable para
empezar... ni quizás para terminar con ellos...
Entonces,
creo haber sido capaz de dejar claramente establecido que, por muchas y muchas
palabras vertidas en mis descripciones de lugares, hechos y sentimientos, su
suma, el acumulador frío, la cuenta de ábaco, me deja fuera del podio de los
más compartidores...
Le
agradezco a los miembros del jurado por ese murmullo que se elevó desde sus
gradas hacia la magnífica bóveda de esta respetable y señorial sala, que en su
efecto multiplicador ha permitido llenar con estruendo todo el salón.
Sinceramente
lo agradezco porque ello me permite avanzar sobre mi segundo argumento, que no
es, como muchos están suponiendo...
Sí, Sr.
Juez, comprendo que se ha hecho la hora del almuerzo, pero creo tener el derecho,
luego de haber sido condenado con rudeza y, en mi humilde opinión,
injustamente, de someter a los presentes a un breve ayuno, realmente ya no
falta tanto para terminar mi exposición y en todo caso puede ser considerado
como el último deseo otorgado a los que van a morir: que al fin y al cabo no es
tan gravoso como ser ignorado...
Decía,
agradezco el murmullo - devenido gracias a la acústica en feroz y encarnizada
crítica - no digamos del valor artístico sino meramente documental de unos sucesos tan extraordinarios como irrepetibles, cuestión que abordaré al
cierre de esta exposición - si es que para ese momento todavía la sala no ha
sido desalojada, en cuyo caso me veré forzado a hacer la exposición en donde
sea que me encuentre y en las circunstancias que me depare el destino -.
No, no es
una defensa del valor de mis escuetas (en comparación con la desaforada
cantidad de imágenes y videos compartidos) palabras; no, no hablo de
esta exposición, hablo de los pocos artículos que dejé expuestos para su
valoración y eterno recuerdo.
El punto,
el segundo punto, es la ubicuidad, moderación... Le pido disculpas, Sr. Juez,
pero creo que usted, en el honorable ejercicio de su función, debería ser
imparcial o mínimamente no dejar de manifiesto su absoluta parcialidad... Sí,
Sr. Juez, "ubicuidad" como usted lo pronunció, con ese tono
exageradamente grave, alargando la palabra (por cierto ¿no es de eso de lo que
se me acusa?), dándole un tono burlesco, tiene una sola interpretación posible y es que usted comulga con el murmullo de la chus... del respetable jurado.
Ubicuidad,
moderación y cortesía de mis relatos.
Muchos
niegan que todo sea una producción propia, insinuando que para haber podido
recopilar semejante cúmulo de información he debido necesariamente contar
con la colaboración de por lo menos 4 o 5 alcahuetes, que estratégicamente
desparramados en el grupo fueron capaces de transmitirme sus cuentos, a los
que aseguran que luego yo les puse una impronta común.
Nunca una
acusación fue más infundada y falaz, dado que he nacido con una condición...
no, señores del jurado, no me refiero en este momento a la falta prácticamente
total de empatía y moderación, como se mofan por allí en la segunda grada... ¿Qué cómo es
que he podido escuchar esa conversación que fue apenas un susurro dicho entre
una tumultuosa carcajada?, las dos cosas se resuelven en una sola
explicación... Sin negar ni afirmar que mi empatía y moderación son limitadas, no me
refiero ahora a esas dos cosas, sino a cómo es que he podido recopilar todo lo
escrito y cómo es que pude escuchar el susurro.
Como decía,
mi condición de nacimiento a la que hago referencia en realidad cuenta de dos
componentes, uno es la posibilidad de estar haciendo cualquier cosa y mientras
tanto captar las conversaciones, no solo circundante y cercana, sino también aquella que ocurre a
cierta distancia... No, señores, no soy Superman... tampoco la mujer maravilla...
Se hace realmente complejo mantener la compostura ante un auditorio tan,
digamos, animoso: haré lo que esté dentro de mis posibilidades.
La segunda
condición de nacimiento, lo digo así para que quede claro que es hereditario y que lo que se hereda no se hurta, por lo que no hay ningún delito en que lo
use, es un innecesario, muchas veces perjudicial, proceso de almacenamiento de
todo lo que he escuchado.
Les puedo
asegurar que no es un don, cómo podría serlo tener guardados diálogos ajenos
recopilados en un colectivo, con descripciones detalladas de cómo
ha ido esa uña encarnada, no la del dedo con pie de atleta, la otra, que llegó
a supurar pus y hacía doler como una crucifixión, o el (de los más aburridos y
también más comunes) desplante de celos, desplegado pasivo
agresivamente que salta de "por qué me clavaste el visto, seguro estabas
prestándole atención a otra" a "entonces si estás enamorado de mí!,
Sos mi todo, te amo... pero no me vuelvas a clavar el visto!"
A esa
capacidad auditivo recordatoria se suma una potente intuición (¿o será pura imaginación?) y la
multifacética capacidad de conexión de hechos a priori independientes, que una cabeza excesivamente creativa (¿delirante?) llena de hilos, cuerdas y cadenas, para darle un sentido y coherencia al universo: un gesto, una impostación de
la voz, una mirada atenta (disimulada en indiferencia), un silencio (estos suelen
revelar mucho más que las palabras), lo que sea, todo me llega y lo guardo y lo
conecto y lo mezclo, lo separo, lo matizo y lo termino ordenando en unas
estructuras interconectadas y monstruosas.
Digo
"moderación" porque, por mucho que se intente leer en segundas
líneas, en mis escritos no habrá forma de encontrar nada que no esté dicho de
frente, tampoco dirán nada que transgreda la discreción ni de los hechos que, por
más que me llegaron sin ningún contrato de confidencialidad, la decencia y el
buen gusto me mandan reservar para mí (y, si fuera capaz, estaría agradecido de poder eliminarlos
definitivamente).
La cortesía
es muy personal, solo puedo decir que no hubo intención de ofender, aunque la
experiencia me ha dejado claro que lo que creo una caricia gramatical, a otros
les resulta una bofetada semántica, agravada por el puño cerrado de la
inconsistente ortografía.
En fin,
ubicuidad, moderación y cortesía, he escuchado y percibido mucho más de lo que
llegué a plasmar en los escuetos borradores de una historia mucho más ajena que
propia narrada en primera persona, he eliminado a conciencia lo inadecuado y lo he expresado amablemente,
todo lo amable que el desconocimiento de los sentimientos ajenos me permite.
Algunos de los
registros fotográficos no pueden decir lo mismo, zooms detallados y
actividades escatológicas han sido sujeto de documentación sin que sus autores
hayan sufrido el repudio abierto o mínimamente un reclamo airado.
Será la
hora del té, pero todavía queda un último punto en este desglose comparado; a
lo largo de mi exposición he ido desarmando todos y cada uno de los argumentos
que se usaron en mi contra: no he sido el más extenso, no he sido el más
intenso, no he sido el más atrevido; pero acaso ¿he sido el menos elegante, el
menos prolijo o el menos redondo de los documentalistas?
Esta
cuestión es la que ahora tendrá que ser expuesta y resuelta definitivamente, cosa que resulta fácil en contraste con el material disponible: no
pretendo que se les asigne un status de alta calidad, claridad ni elocuencia, carecen de todo eso; me sentiría realizado con que sean tenidos por un promedio, un catalizador que permite
activar recuerdos personales, me alcanzaría con que se les asigne un rango de
mediocre o por lo menos que no terminen junto a las miles de palabras gráficas
fuera de foco, con el encuadre torcido o completamente incomprensibles, como el sobre
techo de una carpa o el sobrecogedor recuerdo de un pozo, un montículo de tierra, una pala, todo oculto por un fino manto de pudor azul en el rojizo atardecer
del tercer día.
Gracias, Sr. Juez, respetables miembros del jurado, señoras y señores presentes, mis entrañables amigos desconocidos a los que probablemente nunca vuelva a ver pero con los que me volveré a encontrar a diario en mis laberintos de recuerdos.
NR: Si llegaste hasta acá y fuiste de la partida, solo quiero que sepas que para mí fue una experiencia única, mezcla de mística, delirio, entusiasmo, pasión y compañerismo, un deleite, una meditación, una fiesta, un reencuentro; todos los componentes que hacen falta para consolar la pena y cicatrizar las heridas. Quisiera haberte dado el 2% de lo que recibí, quisiera imaginar que alguna vez volveré a tus pensamientos y eso te genere una sonrisa, una reflexión o un modesto trampolín hacia tus propios momentos memorables.
Gracias, y hasta siempre.
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