Los Fewilly y Wifedes
No es personal, es de familia, viene de, por lo menos, dos generaciones atrás, cuando mi abuela tenía problemas para referirse a sus dos hijos menores, mis tíos Pablo y Pedro, dilema resuelto con un nuevo bautismo en Pepablo y Papedro.
Hay proverbios y proverbios árabes, algunos deplorable, otros sabios y profundos
"Oh, Alá ¡líbranos del mar de los nombres!"
Es una plegaria tan justa, como poco atendida.
La mnemotécnica puede servir en algunos casos, pero no cuando el conjunto reúne las similitudes en las que el cerebro se fija.
En Willy y Fede mi cerebro encuentra un montón de similitudes, no hubiera sido útil prestarle más atención a lo puramente físico, uno parece un vikingo y el otro un alemán emigrado de noruega, ambos robustos, deben tener apenas unos centímetros de diferencia de altura, los dos tienen ese perfil de habitué del KDT, que nos dejaba desconcertados a mi viejo y a mí cuando los veíamos pasar, vuelta tras vuelta, a 50km/h, con sus buzardas cerveceras a cuesta, que seguro es solo músculo abdominal.
Cuando conozco gente, lo primero que percibo no es su fisionomía, tampoco su nombre, probablemente como un proceso económico, porque en la mayoría de los casos nunca los necesitaré otra vez.
En cambio, la gente se me presenta primero a través de ese sentido que no hemos logrado descubrir el órgano que lo procesa antes de enviarlo al cerebro; se puede llamar intuición, halo, energías, o como querían; para mí, en mi convicción de ser organismos eléctricos, lo llamo radiación de frecuencias natural.
Tampoco fue útil prestarle atención a esa información tan esotérica como real.
Existen los amigos opuestos y complementarios, los tangencialmente parecidos y los que se pueden confundir en un único conjunto, creo estar en lo cierto cuando digo que ellos dos son de este último tipo.
Esos, que tenían suerte de estar con un amigo, se me confundían sistemáticamente, y necesité un esfuerzo adicional para encontrar las diferencias que me permitieran nombrarlos unívocamente.
No eran de los millares de individuos con los que me he cruzado en más de 50 años, a los que no recuerdo desde los quince segundos después de haber, en forma tan fortuita como efímera, compartido una coincidencia espacial.
De ellos me quería acordar, quería poder, mañana o en diez años, volver a sacarlos de la pila infinita de recuerdos, e imaginar qué hubieran dicho o hecho antes una situación actual, para intentar imitarlos, para ser menos selectivo, o más genuinamente generoso.
Los días y las circunstancias me dieron la oportunidad de diferenciarlos.
Esos dos tipos gruesos, bonachones y de voz profunda, que está buenísimo encontrarse en una fiesta aburrida, porque automáticamente la convertirán en otra inolvidable, al mejor estilo Peter Sellers.
Pero, mucho más valioso, esos tipos a los que uno quisiera tener siempre a mano en las situaciones complicadas, cuando te estás hundiendo en un pantano, cuando las arenas movedizas de la vida te chupan hacía el fondo, y te vas quedando lentamente sin poder respirar, en esos momentos sus brazos, o sus oídos, dependiendo de si es un pantano físico o emocional, estarían dispuestos a hacer de cadena humana, de asomarse al abismo, para tenderte un salvavidas, a ayudarte sin medir el riesgo personal.
Esto puede no parecer gran cosa, cualquiera lo harías por un ser querido, pero ellos, estoy convencido, lo harían por cualquiera, por un desconocido, por alguien al que conocieron hace cinco minutos, y eso los hace extraordinarios e invaluables.
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