Después del telón
Lo extraordinario sería que el telón no baje nunca, que los espectadores no asuman la batuta que el director deja descansar, que el coro afinado, nunca de paso al coro estridente de sillas, pasos y voces amontonadas.
Que la platea, los palcos, y hasta el paraíso, en lugar de buscar una salida del teatro, y una mesa en una pizzería, suban al escenario.
Que el engaño, secretamente compartido a voces, sea, repentinamente, indistinguible de lo cotidiano, que asistamos a los funerales insinuados, que las bodas den paso a los bautismos, que los amores imposibles se concreten ,y la vejez, que en su libreto los sabía distantes e infelices, los encuentre, desconcertada, juntos uno al otro, en un abrazo que dura lo que duran los actos después de los aplausos, que las tragedias y los celos se diluyan en tanto tiempo, que ya nadie se acuerde de ellos, igual que de las hazañas y las traiciones.
De qué lado está la realidad, quién mira a quién, es el escenario la fantasía, mientras la orquesta traduce el sentimiento en el lenguaje universal, o el telón, al bajar, deja atónitos a los verdaderos espectadores, sobre el escenario, comentando el millar de historias de las que acaban de ser espectadores privilegiados, mientras buscan una mesa en la pizzería a la vuelta de las bambalinas.
Pero subir al escenario, cruzar la frontera hacia lo real, aún estando en primera fila, resulta imposible; la realidad de las tablas está fuera del alcance para los actores de la platea, quiénes no tienen más remedio que seguir con sus propios personajes, improvisando guiones muchas veces vistos como desprolijos y deslucidos, al compás de acordes incomprensibles.
No existe oficio más triste y repudiable que aquel que practica el acto más cruel y despiadado de bajar el telón, para que las mil obras vuelvan a ponerse en escena.
Hasta la próxima vez que se apaguen las luces, se ponga en juego otra farsa, y nos reunamos en el centro del escenario, quizás con distinto reparto, pero con los mismos personajes.
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